
Y lios con LA SEGUNDA REPÚBLICA: Un discurso esquivo en la izquierda colombiana
Miguel Antonio Espinosa RicoMarzo de 2007Introducción.
Las notas que siguen constituyen un texto en proceso, que pretende convocar a la reflexión y discusión sobre asuntos cruciales del proceso revolucionario colombiano, en un momento particularmente importante por la constitución del Polo Democrático Alternativo, confluencia de las más divergentes tendencias del pensamiento alternativo, una de las cuales es EMANCIPACIÓN OBRERA, una corriente de pensamiento de ámbito regional, inspirada en la teoría marxista clásica construida por Carlos Marx, Federico Engels, Vladimir Ilich Lenin, Mao Tse Tung y Francisco Mosquera. En estos pensadores se condensan siglos de comprensión y análisis crítico de la sociedad mundial y nacional y a ellos rendimos un humilde tributo.
Pero la eclosión alternativa del Polo en Colombia, resulta apenas consecuente con el resurgir de un movimiento antiimperialista de escala global, alimentado por la agudización de las condiciones de sojuzgación y opresión que sobre todos los pueblos dependientes del mundo ejerce el imperialismo estadounidense, en alianzas abiertas con regímenes antidemocráticos y criminales como el inglés, el israelí y sectores de la extrema derecha de la mayoría de países de la órbita capitalista y del neocolonialismo contemporáneo.
Intentar construir discursos sobre nuestra realidad y rescatar los valiosos aportes del pensamiento libertario anticolonialista y republicano antineocolonialista, constituye una deuda de todos los revolucionarios de la Latinoamérica actual y un aporte necesario para la educación del pueblo y la construcción de condiciones subjetivas que nos puedan conducir a la conquista de la Segunda Independencia y la construcción de la Segunda República, en una sociedad de Nueva Democracia en marcha al socialismo.
En el presente documento se hará referencia a la cuestión nacional, a las razones para persistir en la necesidad de una Segunda Independencia y en una Segunda República, en el marco del análisis de las condiciones estructurales de una sociedad neocolonial bajo la égida del imperialismo estadounidense.
En el camino de la Segunda República se encuentra la necesidad de la Segunda Independencia
Sobre la Segunda República se conocen algunas notas escritas por el maestro Orlando Fals Borda , apenas divulgadas en reducidos círculos intelectuales de la capital de la República y en alguno eventos realizados en las diferentes regiones.
En el discurso de Fals Borda, el acento de la Segunda República está puesto en la condición de construcción de la unidad nacional a partir del reconocimiento de la diversidad cultural regional.
Fals expresa:
Hubo una Primera República de Colombia fundada en 1819 por Bolívar, Santander y otros generales de ideas liberales. Nacida con la impronta de la guerra revolucionaria, Colombia no pudo desligarse del destino sangriento que compartió con otros países latinoamericanos durante el Siglo XIX. Con algunas excepciones, entre ellas el incruento golpe de Estado por artesanos y obreros de 1854 que quisieron asegurar una vía propia de desarrollo, los gobernantes sucesivos del país apenas sí pudieron sostener, con violencia y conflictos civiles, la unidad nacional y el progreso colectivo. Con un manejo centralista, autoritario y magní/genocida que impuso en el Siglo XX, la clase oligárquica fue frustrando el querer de las mayorías populares y resultó incapaz de abrir las puertas a la evolución sociopolítica necesaria. La frustración nacional fue de tal dimensión que el país sufrió catástrofes incontenibles por falta de gobernabilidad y de equidad, en especial para las clases productivas en el campo, que en buena medida tuvieron que organizarse en guerrillas para defenderse” (Fals, Borda, 2001:112).
En la continuación de su exposición, hecha en Ibagué con ocasión del Primer Encuentro Nacional sobre regiones y provincias, de 19 y 20 de julio de 2001, se refiere así a los actores estratégicos del proceso de refundación de la república y el alumbramiento de la Segunda República:
En la Primera República, cinco grupos de colombiano/as, además de la clase obrera como tal, fueron sistemática y muchas veces cruelmente explotados, marginados y oprimidos: los jóvenes, las mujeres, los hombres, los/las indígenas, los negros/as y los campesinos.
Para el proceso de construcción de la Segunda República y el funcionamiento de sus instituciones, pueden designarse estos cinco grupos de talentosos y productivos compatriotas hasta ahora invisibles, como “grupos estratégicos” para que diseñen y dirijan las principales instituciones de la nueva República y para que compartan desde allí sus sueños. En el caso de los indígenas y negros, esta política también implicará el respeto a la autonomía de sus culturas y el apoyo a la conformación de Entidades Territoriales Indígenas y Comunidades Ribereñas Afrocolombianas (pág. 116).
Para desmentir a quienes se apresuraban a atacar la propuesta de República Regional Unitaria, Fals Borda anota:
Sorprendería igualmente que los candidatos bipartidistas propusieran, como marco general de los cambios necesarios, lo que el general Charles de Gaulle hizo en los años 80 para establecer la Quinta República francesa: procedió a reordenar el territorio nacional y local. De Gaulle golpeó en esta forma a los politiqueros que se habían enroscado en los 99 ingobernables departamentos franceses –tal como ocurre hoy en Colombia en los 32 departamentos que apenas sobreviven-, y los redujo a 22 regiones.
Es necesario atacar de frente este grave problema territorial, que por una década los parlamentarios bipartidistas vienen negándose a resolver por defender oscuros intereses personales. El ordenamiento que buscamos es aquel que, como mandato constitucional, sostiene que Colombia debe reorganizarse con Regiones Autónomas, reconociendo así su propia, diversa e histórica realidad dentro de la unidad nacional. Proponemos por ello concebir la Segunda República como Regional Unitaria, como combinación integrada de la docena de Estados-Regiones que se han venido identificando y movilizando para tales fines por razones convincentes” (pág. 115)
La propuesta de la Segunda República supone también la construcción de “Los nuevos símbolos”,
Para unificar el terrible desastre oligárquico de la Primera República colombiana lleva igualmente a cuestionar sus viejos símbolos, tales como el himno y la bandera, e inventar y proponer nuevos que reflejen las metas del presente y del futuro, y lleven a la unificación de los diversos movimientos de renovación regional y nacional.
Propuestas alternativas deben ser bienvenidas. Una de ellas originada en el Tolima, ha tomado el concepto de “despertar”, “renacer” o “amanecer” del Kaziyadu de los Huitotos. Se propone el mismo tricolor bolivariano, pero en vez de desplegar el obsoleto escudo de conocemos –con el tránsfuga departamento de Panamá, el gorro frigio francés, un cóndor semiextinguido a bala, y cuernos romanos de la abundancia-, ensaya una flor u objeto relacionado con el amanecer, como el conocido girasol (en su variedad colombiana), que en forma idealizada pueda servir para aquellos fines. Asimismo, se está ensayando el empleo de instrumentos electrónicos, gaitas, tiples y tamboras en vez de bandas marciales para la interpretación del nuevo himno, y se piensa en el uso de términos indígenas para la identificación de movimientos populares locales o aún nacionales. En esta forma se haría una importante contribución para la identidad cultural raizal y para la movilización ideológica independiente (pág. 117).
Para el presente documento, la Segunda República se propone a partir de la consideración central de la continuidad del régimen oligárquico en la conducción del gobierno, desde el momento mismo en que fue derrotado militarmente el poder colonial español, en 1819. La Batalla de Boyacá selló el traspaso de manos del régimen colonial, injusto y opresivo, a otro igualmente opresivo e injusto, encabezado por las elites criollas ilustradas y de comerciantes y terratenientes, que desde entonces han constituido una particular anacronía clasista apatrida y proimperialista.
Este es un pensamiento que por fortuna se pasea, recreado por toda Latinoamérica, cuyos procesos independientistas anticoloniales sacudieron al continente durante el temprano Siglo XIX. Así lo expresa Roig (2002):
Es necesario aclarar que el hecho denominado "Independencia", asimismo como el de "Emancipación", no fueron asuntos puntuales tal como se los narra a los niños en las escuelas, sino un proceso que, ahora lo vemos con claridad, es tarea permanente y mucho más compleja que la que presentan las historias oficiales.
Asimismo es necesario diferenciar entre los conceptos de "independencia" y "emancipación", tal como anticipamos, en cuanto actos complementarios que no se suponen necesariamente. En efecto logramos ser independientes de un poder como fue el metropolitano español o el portugués, pero bien pronto descubrimos que no estábamos emancipados respecto de prácticas sociales y políticas heredadas de aquellos regímenes, hecho que restaba alcances y efectividad a la independencia alcanzada.
Antes de las llamadas guerras de la independencia, ya Francisco Miranda, a fines del siglo XVIII, hablaba de la necesidad de lograr lo que el denominaba “independencia política” y “emancipación mental”, con lo que establecía diferencias entre un hecho y el otro, si bien al parecer los pensaba simultáneos o, por lo menos, que así debía serlo . Más tarde, lograda la independencia respecto del poder español en el territorio de la Gran Colombia, Simón Bolívar denunciará que “somos libres” pero que, sin embargo, seguimos sujetos a aquel poder. En efecto en el célebre Discurso de Angostura (1819) dice: “nuestras manos están libres y todavía nuestros corazones padecen las dolencias de la servidumbre”. A partir de ese momento, podría decirse que de un modo constante, aparecen en Sudamérica ambas tareas, las de independencia y de emancipación, como escindidas, una lograda y la otra no alcanzada aún .
En la primera república, que lleva ya 188 años de existencia, para el caso de Colombia, se condensa la expresión del triunfo de una revolución anticolonial, cuya naturaleza se quedó atrapada en las concepciones de clase propias del desarrollo de unas elites que desde entonces se federaron para alcanzar el triunfo de su proyecto independientista, pero en realidad nunca de liberación nacional ni de emancipación. Con razón los pastusos dicen desde entonces que su abjuración a favor de la Corona española se explica por el hecho de tener la convicción que con la independencia solamente asistíamos a un simple cambio de amos, como en efecto la historia nacional lo ha probado con creces.
Pero quienes asumen con claridad que la lucha estratégica del pueblo colombiano está relacionada con la conquista de la Segunda Independencia, podrán tener claro igualmente que ésta solo adquiere sentido si se la acompaña de la consigna consecuente de la construcción de la Segunda República, una que sin duda deberá comenzar por el reconocimiento de la condición multiétnica y pluricultural de nuestra nación, la cual se expresa espacialmente en la extraordinaria bioetnodiversidad de nuestro territorio y en sus regiones, verdaderos sincretismos culturales y portentosa potencialidad para la construcción del aplazado proyecto territorial nacional.
Con el maestro Orlando Fals Borda hemos compartido durante la última década la consigna de la lucha por la República Regional Unitaria, en respuesta a los alaridos y reacciones de la derecha y la extrema derecha que ha indicado que el reconocimiento de las autonomías regionales constituiría un reavivamiento de las luchas entre los poderes federales de los Estados que existieron durante el Siglo XIX, enmarcados en un conspicuo y maltrecho modelo descentralizador, impuesto como condición de cuotas de poder oligárquico regionalizado. Paradójicamente los centralistas y recentralizadores que han combatido la opción regionalizadora y entorpecido la discusión de los proyectos de Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial –LOOT, son los mismos que han acompañado pata en pared el modelo de dictadura narcoparacocrática que desde 2003 lidera Alvaro Uribe Vélez y que sin hacer tipo alguno de apoyo significativo a los quebrados y heridos departamentos, ha reforzado el ejecutivismo, recentralizando el poder, reinstitucionalizando las iniciativas regionales y amenazando de verdad la unidad nacional, mediante el establecimiento de proyectos políticos armados con apoyo del gobierno nacional, secuestrado por las viejas y renovadas mafias que financian y colocan presidentes, gobernadores, alcaldes, concejales, diputados y parlamentarios.
Paradójicamente también, la mayoría de líderes de la izquierda tradicional colombiana han ignorado la realidad regional del país, al considerar con injustificada ignorancia, excusada en actitudes prepotentes y arrogantes, que la única consigna revolucionaria tiene la escala nacional como su única e irrenunciable referente.
En esta actitud se ha desperdiciado infortunadamente un poderoso espacio de intervención y de respuesta a los inexorables y agresivos embates del modelo neoliberal y la globalización económica, cultural y política. Mientras la izquierda se apertrechaba de discursos escasamente argumentados sobre la cuestión nacional con aplicación a la realidad concreta de municipalización de la salud, la educación y muchas otras funciones del Estado; mientras el sindicalismo, anquilosado y abrumado por la corrupción se veía cada día reducido por el proceso irreversible de la privatización y la des-sindicalización, crecía a tasas geométricas la terciarización de la economía y la informatización de la ocupación; crecía y sigue creciendo sin parar la “municipalización” de la problemática social, todo ello en contraste clarísimo pero incomprendido aún, con la pérdida de una visión de proyecto político nacional revolucionario.
Ante la crisis del departamento, como entidad territorial, y del municipio, como inerme víctima del perverso modelo descentralizador a la “colombiana”, la mayor parte de analistas de la izquierda apenas se erguían para pavonearse diciendo cómo tenían razón de que el modelo iba en crisis creciente y que el problema era estructural y nacional y ….
Deslumbrados por la “certeza” de su vaticinio, que Marx y Engels habían advertido hace ya más de 150 años, y que pensadores nacionales habían anunciado muchas décadas atrás , olvidaron que la vanguardia revolucionaria debe estar atenta a advertir los cambios tácticos y estratégicos de las clases dominantes y que tales cambios en una sociedad concreta tienen expresiones espaciales, así este aspecto de la Geografía Política sea extraño al análisis de muchas tendencias marxistas. Concentrados excesivamente en la perspectiva histórica de la evolución del proceso revolucionario olvidaron la perspectiva espacial, que es como acudir a una guerra haciendo vulgar abstracción de los teatros de la misma, en los cuales se libran las batallas reales y se concretan tácticas y estrategias; derrotas y victorias.
A la municipalización de la crisis se respondió con una parroquial y aguerrida respuesta, liderada apenas por los sectores sindicalizados, la mayoría de las veces magisterial, pero no desde un proyecto político nacional que promoviera una respuesta sistemática e inteligente que promoviera nuevas formas de movilización social y política.
En el espectro político, está claro que en Colombia, la a veces sobreestimada “burguesía nacional” parece estar cada día más lejos de constituir un socio confiable en las luchas democráticas y antiimperialistas, razón por la cual los sectores revolucionarios no solo deberán afrontar la lucha contra la oligarquía sino la construcción del Frente Único Antiimperialista por la liberación nacional. En esta misma dirección sería apropiado indicar que dado que la burguesía nacional está secuestrada en las redes de una alianza de las clases oligárquicas proimperialistas y que no asumirá la construcción de un proyecto de Estado Nación, éste proyecto tiene que ser concluido por las fuerzas democráticas que se preparan para construir el Frente Único Antiimperialista, uno de cuyos pilares es hoy el Polo Democrático Alternativo y debe ser su conductor.
En este proceso es necesario convocar a atención acerca de la renovada cuestión nacional, la cual está cruzada, como lo estuvo en la China prerrevolucionaria, por la existencia innegable de las regiones, cuyo paisaje está marcado por profundos e históricos desequilibrios espaciales en sus niveles de desarrollo.
Taylor y Flint (2002) , expresan,
En la misma esencia de su naturaleza, el Estado-Nación proporciona a los individuos –a sus ciudadanos, a sus nacionales- su identidad espacio-temporal fundamental. Esta es nuestra conclusión final. Hemos llegado a lo que se puede llamar un modelo de Estado de “doble Jano”. Por el modelo topológico del capítulo 4 sabemos que, espacialmente, el Estado mira hacia adentro, a su sociedad civil, y hacia fuera, al sistema interestatal. Los individuos están literalmente focalizados en el sistema-mundo, en términos de quiénes son y dónde están y quiénes no son y dónde no están. Al sumar la nación al Estado, se añade al “modelo de Jano” de Nairn, mirando hacia atrás, a las luchas nacionales del pasado y hacia delante, a un futuro nacional seguro. A los individuos se les concede una identidad que establece de donde proceden y a dónde van. En definitiva, los Estados-nación definen las dimensiones espacio-temporales de las comunidades imaginadas a las que todos pertenecemos.
No hay que exagerar la importancia de esta situación para la política mundial. Al estar implicados de un modo directo en nuestras identidades personales, el Estado y la nación han pasado a formar parte del mundo que damos por sentado. Brown (1981:ix) describe las implicaciones políticas:
A veces se dice que lo último que descubriría un pez es el agua. Al ser una característica fundamental de su entorno la da por sentada. Así parece ocurrir con los hombres y mujeres del Siglo XX y el Estado-nación. Pero nosotros no solo creemos que el Estado-nación es un elemento permanente en nuestras circunstancias, pensamos –o, mejor dicho, partimos de esa base sin reflexionar sobre ello- que su existencia resuelve otros problemas.
Ahí reside el poder del Estado-nación, el eje en torno al cual gira la política del sistema-mundo moderno (pág. 258-259).
Si así no fuera, no tendrían sentido ni explicación posible las portentosas luchas nacionalistas libradas por los pueblos de la ex URSS, o de Yugoslavia, o incluso de la misma Italia, de España y de Canadá. Pero no la tendría tampoco la cada día más reforzada y a veces desesperada actitud xenofóbica de los nacionales franceses, italianos, españoles, ingleses y estadounidenses, temerosos de que sus países lleguen a constituir un escenario de confrontación en el cual ellos se conviertan en minorías frente a los flujos de inmigrantes, gracias a cuyo trabajo han construido imperios y riqueza.
Si se desatiende esta cuestión central y medular del análisis del sistema global, se caerá en el atractivo pero seudomaterialista discurso postmoderno que se ha enseñoreado en la academia mundial y que sin juicio de inventario repiten como loros muchos líderes de las viejas y nuevas izquierdas de Latinoamérica. Como el mismo Roig lo señala,
Lo que vamos a comentar se relaciona con la aparición del libro Imperio de Michael Hardt y Toni Negri, en el mes de marzo del 2000. Pues bien, estos autores, ambos de Massachussetts, desde una típica posición "posmoderna", entienden que se habría producido el paso desde un "imperialismo clásico" hacia una fase superior a la que denominan simplemente del "imperio" y afirman, para justificar la tesis, que mientras el primero, a saber, el "imperialismo clásico" todavía corresponde a la "modernidad", el siguiente, el "imperio" sería sin más un fenómeno "posmoderno".
Se intenta, pues, poner nuevamente en circulación una palabra, la de "imperio" que estaba dentro de las categorías "duras" impugnadas, por eso mismo, desde un "posmodernismo", dando de ella una versión "posmoderna". ¿Y cómo se logra? Pues, "ablandándola", incorporándola en el seno de un "pensamiento débil": la globalización que al parecer es también para ellos un fenómeno "posmoderno" ha tenido la virtud de limar las aristas duras de la vieja categoría, al haber descentrado el poder diseminándolo.
Esto se habría producido como consecuencia de la inevitable declinación de los estados nacionales, por su incapacidad de gobierno y control sobre sus propios territorios, así como la ubicación de los centros de decisión en esferas supranacionales "difusas".
La principal categoría con la que se pretende caracterizar al "imperio" es la de "poder difuso": los intereses dominantes no tendrían un centro único, ni habría un país en particular desde el que se ejercería el poder mundial, ni siquiera los Estados Unidos.
La categoría de "pueblo" que ya ofrecía dificultades y que había llevado a su abandono, vuelve en manos de estos autores a ser expulsada. La contraparte de aquel "poder difuso" no la integran los "pueblos" (articulados en un estado-nacional), sino otra categoría "difusa": la de "multitud".
Y así, pues, nos enteramos que en la medida en que está expandida por todo el planeta, la "multitud" lo cubre; uno de los motivos de la fuerza que se le supone radica en la diversidad y la heterogeneidad; se le atribuye la capacidad de "golpear" al poder del "imperio" el que, por lo demás, también es "difuso". Del cuadro de ciencia ficción en el que aparece pintada la imposible definición de "imperio", de la "difuminación" que se practica tanto con el "poder" como con la "multitud" se pasa a la confusión. Lo difuso se vuelve confuso.
El juicio de Jaime Petras es lapidario: "Imperio, el libro así titulado -dice- es una síntesis generalizada de banalidades intelectuales sobre la globalización, el posmodernismo, el posmarxismo, unidos todos por una serie de argumentos y suposiciones no fundamentados que violan seriamente las realidades económicas. La tesis sobre un "posimperialismo" del libro Imperio, no es novedosa, no es una gran teoría y explica poco el mundo real. Mas bien es -concluye afirmando- un ejercicio vacío de inteligencia crítica" .
A estas no pequeñas confusiones reinantes se suma también, o mejor, en consecuencia, la relacionada con la intencionada mixtura Estado-Gobierno, muy ayudada en Colombia por corrientes de centro izquierda que se mueven entre posiciones vergonzantes que durante la década de los 90 del Siglo XX renegaron del marxismo y conmocionados por la onda reformista que parió la neoliberal constitución política de 1991. La “confusión”, orientada más hacia los sectores intelectuales y el pueblo, llegó a sostener la sentencia liberal de que “el Estado somos todos”, principio fundamental que permite, por extensión, defender que “todos somos responsables de la crisis del Estado” y, por supuesto, que es apenas necesario asumir la co-responsabilidad en los procesos salvajes de privatización de las funciones indelegables del Estado, en responsabilidad de los gobiernos.
Así, como en una operación quirúrgica social sin anestesia, se aceleró la privatización de las utilidades de las empresas del Estado mientras simultáneamente se socializaban las quiebras que sobre éstas habían fabricado elites corruptas empotradas en el poder político y económico del Gobierno.
Precisamente sobre esta tragedia conceptual Taylor y Flint (pág. 191), aclaran:
… es necesario distinguir entre Estado y Gobierno. Recurriendo de nuevo a Laski (1935:23) se puede interpretar que el Gobierno es el principal agente del Estado, que existe para llevar a cabo las tareas estatales cotidianas del Estado. Los gobiernos son mecanismos “a corto plazo” para administrar los objetivos del Estado a largo plazo; de modo que todos los Estados son servidos por una continua sucesión de gobiernos. Pero los gobiernos sólo representan al Estado, no pueden sustituirlo porque un Gobierno no es un órgano soberano: la oposición al Gobierno es una actividad vital que forma parte de la misma esencia de la democracia liberal, mientras que la oposición al Estado es traición. Los gobiernos pueden intentar identificarse con el Estado y por tal motivo calificar a sus opositores de “traidores”, pero este es un juego muy arriesgado. Si esta táctica no logra su objetivo, puede que el Estado se encuentre con que es cuestionado dentro de sus fronteras por parte de lo que McColl (1969) denominaba el “Estado insurgente”, que cuenta con su propia área nuclear, su propio territorio y sus propias reclamaciones de soberanía. En este caso, la caída del Gobierno puede precipitar el derrumbamiento del Estado, como ocurrió por ejemplo, en Vietnam del Sur en 1975.
Magistral aclaración en un país como Colombia, objetivo de una guerra sucia declarada por el Gobierno a todos los sectores políticos y sociales organizados que ejercen oposición a sus políticas, todas contrarias al interés de la nación, constituyente primario del Estado. De tal magnitud es la prepotencia de la extrema derecha colombiana que durante declaraciones emitidas en la semana del 12 al 16 de marzo de 2007, el ex ministro del Interior, Fernando Londoño, propuso declarar a todo opositor al gobierno como “terrorista”. De hecho no existe ninguna diferencia entre este tipo de posiciones y la que mueve al imperialismo estadounidense a hacer uso de las “guerras preventivas”, a la luz de las cuales comete genocidios consentidos por la comunidad internacional de los gobiernos proimperialistas. Pero además, así como el señor BUSH justifica, como lo fundó el nazifascismo de Musolini y Hitler, la “guerra preventiva”, contra Afganistán, Irak y Somalia, en Colombia ya hay, desde hace décadas, líderes de la extrema derecha que consideran, como lo han revelado las escalofriantes declaraciones de los paramilitares invitados a juicio, que es necesario deshacerse de la oposición, pues ella representa un peligro inminente para el gobierno en el futuro.
Una verificación más de las infortunadas reflexiones de Negri y compañía, pues en Colombia, como en Argentina, Perú, Chile y Brasil, ese peligro latente del despertar de las “multitudes”, a pesar de ser “difuso” parece ser una amenaza real para el “difuso” poder del “imperio” y sus lacayos nacionales.
Una sentencia de Taylor y Flint (pág. 211), suena demoledora con respecto a quienes se apresuraron a sepultar la teoría del Estado y al Estado mismo:
El problema con la tesis, propia de la globalización, acerca de la desaparición del Estado, es que confunde la adaptación del Estado a las nuevas circunstancias que el debilitamiento del mismo (Taylor; 1994; 1995). El Estado moderno en sus múltiples formas no es eterno y un día desaparecerá cuando el sistema-mundo actual llegue a su fin. Pero entre tanto, el sistema interestatal forma parte indispensable del funcionamiento de la economía-mundo. Si no hubiera múltiples Estados, las empresas económicas no tendrían las oportunidades que les ha brindado el control del Estado, que les ha permitido extenderse y prosperar. Este es el motivo por el que existe esa relación ambigua entre los Estados territoriales y el capital. Utilizando la frase de Deutch (1981:331), los Estados son “a la vez indispensables e inadecuados”, hoy y a lo largo de la historia de la economía-mundo. La conclusión final es que sin los Estados territoriales no habría sistema capitalista (Chase-Dunn, 1989).
Resulta necesario entonces indicar que el pensamiento revolucionario no puede huir despavorido ante la confusión fabricada por los ideólogos que pregonan la llegada triunfante del “neomarxismo” “posmarxista” y que hace décadas está entendido, tal como lo enseño Francisco Mosquera, que dadas las particulares condiciones de la sociedad colombiana, será necesario hacer concesiones al atraso, no solo del desarrollo de las fuerzas productivas nacionales y del nivel de consciencia del pueblo sino de la estructura misma del Estado, sumido en la dependencia neocolonial regida por el imperialismo estadounidense.
Debemos agregar además, que dada la creciente agudización de las causas estructurales de la dependencia y de las condiciones de empobrecimiento generalizado del pueblo, mientras se mantenga la conducción oligárquica del Gobierno y la condición neocolonial del Estado, será mucho distante la tarea histórica de construcción del proyecto territorial nacional y, consecuentemente, la emersión del Estado Nacional colombiano, tarea inconclusa de la Primera Independencia.
También para quienes torpemente y por ausencia del panorama político nacional fingen o parecen ignorar que la Segunda República, como consigna y propuesta alternativa es mucho más anterior que el “Manifiesto de la Segunda República” del Comando Parapolítico de Santafé Ralito, habría que invitarlos a asumir con rigor el estudio de la realidad nacional, pues así como cayeron obnubilados en brazos del encanto neoliberal de las aperturas democrática y económica, esencia de la neoliberal Constitución de 1991, también podrían caer, como en efecto a veces lo hacen expreso, en los cantos de sirena de propuestas socialfascistas animadas y asesoradas por los propios ideólogos del imperialismos y sus reeditores criollos, algunos de ellos cooptados de grupos armados desmovilizados de la “izquierda” colombiana.
Deberemos preparar con un altísimo sentido patrióticamente revolucionario, la celebración de la efemérides de los 200 años de la Primera Independencia. No será muy difícil establecer las diferencias simbólicas en esta celebración, pues mientras las oligarquías y sus academias se dedican desde ahora a ensalzar a los líderes traidores y conciliadores de la lucha indígena, de los esclavos negros y la gesta comunera -Baltazar y Berbeo-, por ejemplo, nosotros habremos de destacar y rescatar el papel revolucionario jugado por el cacique Calarcá, por la cacica Gaitana, por Policarpa Salavarrieta, por Alcantúz y Galán.
2010 será un primer momento de canto y de esperanza en la movilización social en rechazo al régimen de opresión e impunidad reinante bajo el modelo salvaje del neoliberalismo, pero 2019 debe ser un hito histórico que nos permita alcanzar la refundación de la República, la conquista de la Segunda República y la transformación del Estado oligárquico, neocolonial y proimperialista en un Estado de Nueva Democracia bajo la conducción de una alianza de fuerzas revolucionarias y democráticas.
Queremos concluir este documento con el hermoso mensaje a la juventud, pronunciado por Manuel Ugarte en Valparaíso, Chile en 1927, cuyo contenido no puede ser más que pertinente a la actual situación del pueblo latinoamericano.
Manifiesto a la juventud latinoamericana
“Tres nombres han resonado durante estos últimos meses en el corazón de América Latina: México, Nicaragua, Panamá. En México, el imperialismo se afana por doblar la resistencia de un pueblo indómito que defiende su porvenir. En Nicaragua, el mismo imperialismo desembarca legiones conquistadoras. En Panamá, impone un tratado que compromete la independencia de la pequeña nación. Y como corolario lógico cunde entre la juventud, desde el río Bravo hasta el Estrecho de Magallanes, una crispación de solidaridad, traducida en la fórmula que lanzamos en 1912: “La América Latina para los latinoamericanos”. Es indispensable que la juventud intervenga en el gobierno de nuestras repúblicas, rodeando a hombres que comprendan el momento en que viven, a hombres que tengan la resolución suficiente para encararse con las realidades. Se impone algo más todavía. El fracaso de la mayoría de los dirigentes anuncia la bancarrota del sistema. Y es contra todo un orden de cosas que debemos levantarnos. Contra la plutocracia que, en más de una ocasión, entrelazó intereses con los del invasor. Contra la politiquería que hizo reverencias ante Washington para alcanzar el poder. Contra la descomposición que, en nuestra propia casa, facilita los planes del imperialismo. Nuestras patrias se desangran por todos los poros en beneficios de capitalistas extranjeros o de algunos privilegiados del terruño, sin dejar a la inmensa mayoría mas que el sacrificio y la incertidumbre. La salvación exige energías nuevas y será obra sobre todo de las generaciones recientes, del pueblo, de las masas anónimas eternamente sacrificadas. Una metamorfosis global ha de traer a la superficie las aguas que duermen en el fondo para hacer, al fin, en consonancia con lo que realmente somos, una política de audacia, de entusiasmo, de juventud. Sería inadmisible que mientras todo cambia, siguieran nuestras repúblicas atadas a tiranos infecundos, a las oligarquías estériles, a los debates regionales y pequeños, a toda rémora que ha detenido la fecunda circulación de nuestra sangre.
Al dirigirme hoy a la juventud y al pueblo, no entiendo reclamar honores. Los hombres no son mas que incidentes; lo único que vale son las ideas. Vengo a decir: hay que hacer esta política aunque la hagan sin mi. Pero hagan la política que hay que hacer y háganla porque la casa se está quemando y hay que salvar el patrimonio antes de que se convierta en cenizas. Si no renunciamos a nuestros antecedentes y a nuestro porvenir, si no aceptamos el vasallaje, hay que proceder sin demora a una renovación dentro de cada república a un acercamiento entre todas ellas. Entramos en una época francamente revolucionaria por las ideas. Hay que realizar la segunda Independencia, renovando el continente. Basta de concesiones abusivas, de empréstitos aventurados, de contratos dolorosos, de desordenes endémicos y de pueriles pleitos fronterizos. Remontémonos hasta el origen de la común historia. Volvamos a encender los ideales de Bolívar, de San Martín, de Hidalgo, de Morazán y vamos resueltamente hacia las ideas nuevas y hacia los partidos avanzados. El pasado ha sido un fracaso, sólo podemos confiar en el porvenir” .
(Mensaje de Manuel Ugarte a la juventud latinoamericana, en 1927, desde Valparaíso)