jueves, 14 de agosto de 2008




Marzo 31 de 2008
Las quimeras colombianas sobre los biocombustibles
Humberto Tobón y Tobón
La mayoría de las iniciativas agroindustriales en Colombia han fracasado por falta de planeación y porque los promotores hacen cuentas alegres sobre los productos que están impulsando, dejándose arrastrar por intuiciones antes que por los resultados que ofrecen las investigaciones científicas y el comportamiento de los mercados.
Con el caso de los biocombustibles, la historia que se está vendiendo es que Colombia pondrá a disposición un millón de hectáreas para la producción de biomasa para etanol. No se sabe cómo se llegará a esa cifra cuando hoy sólo se tienen ocupadas 50.000 hectáreas y podrían incluirse 13.000 hectáreas adicionales si se visibilizan nuevas inversiones.
El Ministro de Minas de Colombia aseguró en Bucaramanga el año pasado que el país está en capacidad de producir diariamente 40 millones de biodiésel a partir de palma, cocotero, higuerilla, aguacate, jatropha, colza, maní, soya y girasol, y 25 millones de litros de etanol que se extraerían de la caña, yuca, remolacha, maíz, sorgo y maderas. Esto quiere decir que Colombia podría aportarle a Estados Unidos, según los cálculos del gobierno, el 33 por ciento de su demanda de etanol.
Los cálculos del Ministro, sin embargo, se desinflan al confrontarse la realidad. La infraestructura de las plantas para el procesamiento del etanol en Colombia todavía no alcanza a los 9.000 millones de litros anuales que proyectan las cifras oficiales, pues se quedan únicamente en 350 millones de litros, o sea, el 4 por ciento del sueño gubernamental. Lo cierto es que de los 25 millones de litros diarios de etanol que Colombia cree que podrá ofertar, especialmente a Estados Unidos, hoy sólo es posible negociar a lo sumo un millón de litros.
Además de estas cifras, lo que más mueve al Gobierno a creer firmemente en las bondades de los biocombustibles es que podrá brindarles empleo formal a dos millones de colombianos, y que otros seis millones dependerán indirectamente de él. Por el momento, el número de empleos que demandan los proyectos de etanol son 5.470 y 47.600 de los de biodiésel.
De otro lado, la relación entre energía producida y energía requerida que muestran las investigaciones en Colombia son contrarias a lo que dicen las evaluaciones realizadas por reputadas universidades y destacados científicos, debido a una razón muy sencilla: se excluyeron de las energías requeridas para la producción de biocombustibles, aquellas que son indispensables en la industria de fungicidas y plaguicidas, y las que son básicas para el transporte y el movimiento de maquinaria. En la fórmula utilizada por el país sólo se estiman los usos de combustibles relativos a la destilación.
Las quimeras sobre las que navega la política energética del país desestiman las valoraciones económicas para saber si los proyectos de biocombustibles son rentables cuando se pague entre 0,46 y 0,55 centavos de dólar el litro de etanol. Nada se dice sobre lo que ocurrirá con las biomasas cuando el precio del barril de petróleo esté por debajo de los 40 dólares. Y mucho menos se hace mención a los impactos de la decisión de varios gobiernos, entre ellos el norteamericano, de concentrar esfuerzos en la energía nuclear.
En el aspecto meramente ambiental, es evidente que los grandes inversionistas del biocombustible no sólo sacaran la celulosa de la madera y los jugos de los vegetales, sino que también agotarán las existencias de agua y los nutrientes del suelo. El resultado final será un negocio lucrativo para los dueños de las plantas destiladoras, algunas utilidades para los medianos productores, la ruina para los pequeños campesinos, un panorama agrario desolador y una pobreza cada vez más amplia.

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